De la arena salió
Por: Marco Barrera Bassols
 
 

 

¿Se puede conseguir un esqueleto de ballena en México? – pregunta Gabriel Orozco por teléfono -, y le respondo que sí. ¿Y me podrías ayudar a conseguirlo?- Creo que sí, digo. Así comenzó una empresa que llevó 4 meses de trabajo y que involucró a más de 40 personas. Obviamente, el tiempo se presentaba desde entonces como nuestro mayor inconveniente, ya que la obra debía estar montada antes del 16 de mayo; día de la inauguración de la Biblioteca Vasconcelos, en la ciudad de México, para la que había sido comisionada. Pero, a final de cuentas, la osamenta viajó miles de kilómetros hasta su nuevo destino, a 2, 200 metros de altitud, para asumir una nueva función.

Al visitar la biblioteca en construcción, Gabriel Orozco propuso el montaje de una obra que imaginó al recorrer la estructura interior, donde comenzaban a pender cientos de libreros: suspender el esqueleto de una ballena.

En ese momento, Orozco estaba estableciendo un vínculo con el pasado cercano de la nueva biblioteca: desde uno de los mezanines del edificio se pueden ver hacía el sur poniente las torres del Museo del Chopo, donde estuviera suspendida por años, cuando éste era la sede del Museo Nacional de Historia Natural, una ballena azul en alambrón y papel maché.

6 de febrero de 2006. Al alba salimos rumbo a Isla Arena, donde, al parecer, podremos encontrar un ejemplar de la mayor envergadura que haya estado varado el lapso suficiente como para estar aún lo más completo posible y que, por efecto de la intemperie, el tratamiento de preparación nos llevaría el menor tiempo. Tanto para Gabriel como para mí es la primera vez en este sitio y la luz del día nos devela uno de los paisajes más emocionantes del vasto territorio peninsular.

La noche anterior, partiendo de Loreto, cruzamos la Península de Baja California por su desierto y cordillera, y en algún punto, pudimos ver, en un cruce de caminos y con apenas la luz de la camioneta, el primer montaje naïf de una osamenta de ballena gris.

Guerrero Negro debe su nombre a un navío inglés, un barco ballenero llamado Black Warrior. Este pueblo fue la base de nuestras operaciones. El hotel Malarrimo, donde nos hospedamos, no puede ser mejor: lleno de observadores de ballenas –algunos llegados en motocicletas, otros en casas remolque Air Stream-, sus paredes están cubiertas por objetos salidos del mar, algunos muy antiguos; hay restos óseos, partes de barcos e instrumentos de navegación, mapas y planos, grabados de barcos balleneros e incluso arpones de los que fueron utilizados en las sangrientas cacerías de ballena que hasta hace no mucho se practicaban en las aguas bajacalifornianas.

Para llegar a la isla debemos tomar muy temprano una lancha en el muelle de la segunda salina más grande del mundo, cruzar la bahía y desembarcar en la punta Sur. Al dejar atrás las inmensas montañas de sal y las barcazas con las que la trasladan mar adentro para poderlas depositar en los buques que la transportan para eliminar la nieve de las calles y carreteras de Chicago o Nueva York, surgen sobre las aguas apacibles de esa hora estructuras metálicas, como balizadas, y sobre ellas se divisan lobos marinos entre la neblina que hace más gélido el viento, obligándonos a cubrir nuestras caras con unas pañoletas.

A unos metros vemos la primer ballena gris, asomando su rostro para después doblar el lomo y sumergirse en el océano; unos delfines y muchas aves que circundan el espacio son nuestros acompañantes antes de que la lancha vare en la playa para poder descender; como trasfondo las dunas de arena que constituyen la Isla y de la cual toma su nombre.

Isla Arena tiene 25 kilómetros de longitud y está ubicada en la Bahía de Guerrero Negro, en la costa del Pacífico de Baja California Sur. Forma parte de la Reserva de la Biósfera “El Vizcaíno”, que además de proteger el desierto que le da nombre, es un santuario para las ballenas grises, en cuyas bahías se aparean, nacen, crían a sus ballenatos y algunas varan y mueren.

México es el país pionero a nivel mundial en materia de políticas de conservación de los cetáceos, en particular de la Ballena Gris (Eschrichtius robustus), mamífero marino perteneciente al grupo de los cetáceos con barbas o misticetos: El Vizcaíno se estableció para ello desde los años 20 del siglo pasado, alejándola de la caza intensiva. Con ello México ha contribuido a que dicha especie emblemática no se haya extinguido y que de los cerca de mil ejemplares que quedaban entonces, ahora podamos contar con más de 20 mil.

Por ello, por ley, en México no se puede comerciar con los restos de estos especímenes: son propiedad de la Nación. Para cumplir con nuestra empresa, realizamos una solicitud para poder ir a Isla Arena, colectar un esqueleto y convertirlo en obra de arte. Con un equipo de seis biólogos, durante dos días recorrimos los 25 kilómetros de playa de la Isla hasta seleccionar siete ejemplares de esqueletos de ballenas que hubieran varado en los últimos cuatro años, de entre los cuales nos quedamos finalmente con uno. Lucían a lo lejos como siluetas que, bajo la piel negruzca, denotaban la estructura de su espina dorsal y de su cráneo.

Para recorrer la Isla, contamos con cinco vehículos de los llamados cuatrimotos, catalejos y cámaras fotográficas, además de cuadernos donde escribimos nuestras bitácoras. Protegidos contra el viento, la lluvia y la arena, equipados con un GPS (geo-posicionador satelital) portátil, nos avocamos a registrar con precisión nuestros descubrimientos.

En realidad, Isla Arena, donde no es posible desembarcar sin la autorización requerida, es un gran cementerio natural y, a la vez, de vestigios provenientes de diferentes actividades humanas. Las vértebras que sobresalen de la arena, entre las dunas o la playa, nos van señalando posibles osamentas a investigar, pero también se dejan ver restos óseos de aves, tortugas, delfines, lobos marinos y, entre unos y otros, surgen mástiles de barcos, incontables botellas (algunas de finales del siglo XIX y principios del XX), chalecos salvavidas, redes de pesca e inmensas cuerdas de barco, bulbos, cascos de obrero llevados por las corrientes marinas. Para un lado todo es agua, para el otro todo es arena.

Tres días después de nuestro arribo (8 de febrero) colectamos la tercera en la lista: un ejemplar momificado que, al medirlo sobre la arena, daba unos doce metros de largo, pero que en vida quizás midió unos trece o trece metros y medio. Cerca de donde rescatamos este ejemplar yacía a la orilla del mar una enorme barcaza de acero.

Ese día, al llegar a Isla Arena, con la neblina que aún no levantaba y viajando a unos 50 kilómetros por hora, el viento la hizo visible. Unos metros antes doblamos a la derecha, alejándonos unos 100 metros playa adentro, para comenzar nuestra tarea.

Dejamos las cuatrimotos, caminamos hasta posarnos frente a la osamenta y nos quedamos quietos y mudos tratando de calcular cuántas horas nos esperaban de trabajo y de dilucidar por dónde empezar.

Para rescatar el esqueleto de la playa hay que seguir un procedimiento y contar con herramientas especiales: palas, seguetas, diferentes tipos de cuchillos, cuerdas, etiquetas. Se trataba de eliminar primero la mayor cantidad de piel que aún la recubría en un 70%, y que era ya un cuero grueso y duro. Luego separamos y clasificamos cada uno de los huesos de la osamenta.

Tuvimos que delimitar un transecto e ir en busca de algunos huesos dispersados por animales depredadores, que suponemos zorros, habiendo visto a una pareja comiendo las partes más blandas de un cachalote recién varado. Así encontramos el atlas y el axis (huesos que unen el cráneo con las cervicales), y algunos huesos de la aleta derecha, del lado de la osamenta que estuvo más expuesta a la intemperie.

También encontramos una serie de cinco cervicales fusionadas y supimos que, de un promedio de 40 años que pueden vivir estas ballenas, la nuestra era un adulto joven de quizás 30 años que llegó a pesar unas 30 toneladas.

Los mismos biólogos que nos ayudaron en la búsqueda, colaboraron en otra labor: trasladar los restos del esqueleto desde Isla Arena -en lo que fue su último viaje por las aguas oceánicas- hasta Guerrero Negro, donde se procedió a retirar la grasa y los restos orgánicos que no pudimos eliminar en la playa y volver a marcar los huesos con una clasificación que nos permitiera reconstruir la osamenta, antes de enviarla a la ciudad de México. El 60% del cuerpo de las ballenas, en vida, es grasa acumulada -de hecho se alimentan durante 4 o 5 meses y después viven de ésta, lo cual les permite soportar la frías temperaturas de las aguas donde nadan: incluso la osamenta cuenta con al menos un 30% de grasa. Para eliminar los restos orgánicos superficiales se utilizó una cama orgánica para que las bacterias hicieran el trabajo de sustracción.


Épica de Mátrix Móvil
 

De la arena salió
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